Carta a Daniela

Acabas de cumplir seis años y para ti las manifestaciones, las huelgas y las reivindicaciones son de momento algo lejano. Sin embargo, tienes la suerte de formar parte de un grupo formado por la mitad de la población mundial: las mujeres.

Eres una niña, tienes nombre de niña, pero no te gustan las cosas de niña. Y no te gustan simplemente porque no hay cosas de niñas ni cosas de niños. Quiero que sepas que tus decisiones son siempre tuyas, y que si esta tarde juegas con una de tus muñecas de Frozen, mañana puedes hacerlo con un balón o con un coche. No dejes que nadie te diga que eso no es para ti. Porque tú tienes el derecho a elegir lo que más te guste, sea rosa o azul.

En el futuro, cuando crezcas, aprenderás más sobre una palabra llamada feminismo. Pero, para que tu ya inteligente cabecita lo entienda, te lo intentaré explicar con algunos ejemplos. Feminismo es lo que ha permitido que mamá trabaje y gane dinero para comprar cositas. El feminismo ha ayudado a que papá también cocine, o planche, o limpie. Y a las feministas también les tienes que dar las gracias cuando, con 18 años, votes por primera vez.

Hasta eso todavía falta mucho. Mientras, Dani, sólo tienes que saber que no eres inferior por ser una niña -por ser mujer-, que no eres menos que Gabi, que nadie puede decirte lo que tienes que elegir, ni cómo te tienes que vestir. Que ningún niño está por encima de ti.

Para recordártelo siempre estaremos las mujeres de tu familia. Siempre podrás pensar en tus bisabuelas, que se han enfrentado a un mundo mucho más machista -quédate con esta palabra- que en el que ahora vives. Siempre tendrás a tus abuelas, Carmen y Lourdes, dos mujeres tremendamente trabajadoras. A tus tías, como Tamara y Belén, siempre fuertes. A mamá, que estoy segura de que te dirá muchas veces que ser una niña no es ser débil. Y a mí, que sé lo que es tener que decir: este mundo continúa siendo machista.

Te quiere, tu prima.

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Desierto (II): Las minas

Ahora llegar el temor a olvidar. A borrar de la mente las noches recostados en el patio, con la única ocupación de observar el cielo.

Me había acostumbrado a la vorágine periodística de los medios. A trabajar con la presión del directo, a teclear sin levantar la cabeza durante horas. Me gustaba, como siempre lo había hecho. Periodismo. Había pronunciado tantas veces esa palabra, siempre acompañándola de una eterna sonrisa. Y, sin embargo, nunca lo hice con tanta fuerza como a escasos kilómetros del muro de la vergüenza con el que Marruecos decidió sentirse dueño del territorio saharaui.

2700 kilómetros de piedra y dolor, de vidas apagadas y de familias divididas. Y allí estábamos nosotros. Era el día de la unidad nacional saharaui, y los gritos en árabe reclamando lo que era suyo protagonizaban la marcha de un grupo de jóvenes. Llevaban allí varias horas, habían preparado una jaima y comida para ellos y para las asociaciones que esa noche les acompañarían. Para algunos era más que una simple jornada festiva, era el día en el que recordaban, frente al mismo paisaje, cómo a sus familiares directos les había arrebatado la respiración una mina antipersona.

Tenían delimitado el camino. Un pequeño sendero marcado con piedras hacía de frontera entre la zona libre de peligro, por la que caminaríamos después, y los kilómetros de arena que alrededor almacenaban la tragedia. No había nada en el ambiente que lo recordarse, pero las fotografías de personas con las piernas amputadas por las minas se dibujaban una y otra vez en la mente de todos. Cogimos la cámara y no dudamos en grabar aquel momento. Caminando de espaldas a la cabeza de la manifestación, en un atardecer oscuro, y con el muro en la lejanía. “Saharaui, saharauia…”, y otros gritos en árabe que maldigo no poder reproducir con letras.

Y yo, con la réflex en la mano mientras me desplazaba al revés que el resto, pensaba que algún día el mundo quizás pueda compensar el sufrimiento y la ira que provoca quien decide sobre lo que no es suyo. الصحراء الحرة: por un Sáhara Libre.

Desierto (I)

Diez días con arena como compañera más fiel, perdidos entre la nada y el todo de quien con una sonrisa llena lo que falta. Quizás ese sea el problema, que seguimos hablando de carencias ajenas porque no somos capaces de asumir que el exceso es nuestro. Exceso de dogmas, de rutinas, de compras, de problemas sin resolución. Cuando la vida, convertida en el agua que sale del grifo, es la preocupación real, y cuando la electricidad brilla en ocasiones por su ausencia, la existencia vuelve a ponernos frente a frente con la barbarie humana. Sonrisas a cambio de nada y con la entrega de todo sin recibo que haga de intermediario.

El Sahara es una puesta de sol continua tras jornadas asfixiantes. Y cuando vuelves a casa no es lo mismo, algo ha cambiado. La luz que antes parecía viva y naranja, se ha vuelto de un tono grisáceo, lejano al brillo de los amaneceres en la nada. El color del desierto es difícilmente descriptible, un ocre pálido sólo alterado por las melfas y las alfombras. Regresas, y el chorro de agua te muestra que el viaje ha modificado alguna de las escenas más cotidianas para siempre. Piensas en la injusticia del que no tiene delante la suerte de haber nacido en el mundo más occidentalizado; o en la desgracia del que al otro lado no podrá expresar nunca el significado real de la palabra “colectividad”. Quizás nunca aprendamos a dar sin recibir algo a cambio.

El desierto ha quedado ahora ya irremediablemente ligado a los viajes en Jeep, capitaneados por aquellos que se orientan con las estrellas: “un saharaui siempre sabe cómo llegar a su tierra”. El olor a goma quemada, a guiso de carne de camello. El olor canicular que emana de un inodoro en medio de la arena, el olor del tabaco, el olor de la mermelada. El olor a Marian, que cada mañana llegaba con su jarra de leche, sus panes, su tarrito de La Vieja Fábrica, y sus quesitos de La vache qui rit.

Espalda

Poco a poco un nuevo paso, un nuevo despertar. La derrota seguía concebida como una alegoría de rencores, remordimientos, de vueltas en bucle. Al fin y al cabo, nadie aceptaba el verbo “perder” como compañero. Y todos pretendían cubrir su escasez con muchos sorbos y lamentos cargados con nada, culminando el sinsentido de quien no escribe objetivos sin tacharlos previamente. El esfuerzo se diluía en un conjunto perdido por el afán de destacar vilmente, sin capacidad de generar a su alrededor más que sonrisas enlatadas y felicitaciones carentes de realidad. Predominaban las maneras de matar al pequeño rencor que se quería asomar desde el interior, en lugar de rebuscar aquello que una vez les había impulsado a apagar todas las alarmas.

Se rodeaba de quien significaba un auténtico antónimo de todo lo anterior. De aquellos que tecleaban sin cesar en los libros que marcan con tinta invisible los sueños rotos, pero que graban resistentemente los intentos que quedan por venir. Envíos de correos, notas a pie. Nunca la insistencia supo tan bien como la sienten los que se saben merecedores de ella. Aquellos que eran capaces de ponerse frente a frente con sus días más vacíos y, así, emprender una guerra contra las negativas. Nada más sencillo que frenar las ganas con la excusa de varios rechazos.

Jugaba su peculiar partido, cara a cara con un balón que pocas veces lanza al azar. Determinación como escudo: espalda con espalda.

 

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Ámame

Ámame

Ámame más

Ojalá poder escribir un todavía

Cada minuto

Más dentro

Más profundo

Pulso rápido en la muñeca

Permítete amarme

Permíteme regalarte fines de semana

Sin límites del pasado

Ámame más allá de los demás

Atrás las críticas

Déjate conocerme

Recuerda cada paso

Hasta aquí

Azaroso

Ámame más

Más azul

Más lunares

Más intenso

Más mío

Deja de temer amarme

Pensaba en ti

Pensaba en ti

con tus idas y venidas

tus dudas sin plantear

parecido a las mareas

calculando momentos.

 

Pensaba en ti como un vaivén continuo

perdido en el arte de la incertidumbre

afinando las cuerdas de cada palabra.

Días risueños perdidos entre hastío

desfigurados con sombras

mensajes vacíos

y monolísabos con punto sin final.

 

Quizás eso era lo mejor

no saber qué había detrás

un acertijo envuelto en ternura

un guiño de ojo

un cóctel acabado

la magia que había en ti

residía en lo que no se podía entender.

 

Pensaba en ti

mareada con las olas

en un barco hacia no sabía dónde

pero sin billete de vuelta

hacia ti, desde mi azul.

Salvedades

Personas sin rumbo, sin guía. Dirección perdida bajo el camino a ninguna parte. Sin planes, sin inquietudes. La calma vacía de la nada, con el paso de tiempo poniendo el compás a los días, con la energía más apagada que nunca. Sin haber sabido nunca qué punto cardinal les incitaba a apagar la alarma del despertador, a abrir cada libro, a no tocar cada uno de los botones que jugaban al despiste.

Nunca había conseguido entender a los que se guían por un reloj completamente a deshora. Ella, siempre con sus planes, como le habían recriminado tantas veces. Con futuros mucho más posteriores a lo que vendría después, con la mirada más allá, con opciones alfabéticamente ordenadas. Con meses de septiembre, con formularios, con listas que llevaban su nombre. Hasta aquí. Hasta el momento en el que la inmediatez hacía que chocase contra su miedo más profundo: el vacío. El temor ante la desconexión con lo que llevaba haciendo tantos años, el despego de la actividad frenética, el vacío de la agenda sin tachones a boli. Ahora, ¿qué? No sabe si era más su desconcierto interior, o la irremediable carga de lo que los demás esperaban. Algunas veces, la decepción a uno mismo empieza por no superar las expectativas que los demás han preestablecido.

Salvedades de los que no sabían hacia dónde girar. Razones que ni ellos mismos entendían para intentar convencer al otro. Excusas que funcionaban como jarabe de su propia mediocridad, con las que buscaban la complicidad del que se situaba en un punto con el que ellos ni soñaban alcanzar. Entendía así la vida, con dos tipos de personas: los que usan las salvedades, y los que temen enfrentarse a ellas.

Así

Seguíamos igual

En un punto con continuación

Moviéndonos

Hojas con brisa

Y silencio

 

Éramos tierra volátil

Ahora, juntos sin saber

Hablando sin hablar

Cero atrevimiento

Y cien cadenas

 

Así, un día, ágiles

Como la primera vez

Retrocediendo sin querer

Imbéciles

Lúgubres como el miedo

 

Pensando que te quería

Imaginándote

Ideando planes

Adivinando tus pensamientos

Oscuridad cubierta de incertidumbre

 

Yendo al vacío

De lo que no es

Verde esperanza

Por lo que quizás

Algún día será

Colinas

Recuerda ahora todas las veces que paseaba buscando las verdes colinas. No sabía si intentaba vaciar su interior al mismo tiempo que descargaba energía, o si sólo intentaba desechar a cada paso un nuevo e incómodo pensamiento. Caminaba todas las mañanas con ideas que circulaban en bucle: desde el minuto uno hacia el último segundo, no muy alejado del inicio de la cuenta. Había lamentado todas las noches su estado, y su mayor temor era que veía la salida demasiado lejana. Quizás, incluso, en ese momento no se planteaba la existencia de una salida. O imaginaba una ventana temerosamente imperfecta. Buscaba las verdes colinas para sentarse y poder sufrir en silencio, sin miradas y sólo en compañía del viento del invierno acompasando sus suspiros.

Recuerda exactamente el momento en el que todo cambió. Fue durante una tarde de invierno y estudio en la que decidió poner una barrera al recuerdo. Aprendió a pensar en lo que realmente quería, sin que nadie tuviese el derecho a invadir sus pensamientos. Pasó los días con el esfuerzo de renunciar a las palabras que una vez le habían conmovido, pero que desde hacía varios meses sólo eran un taladro constante carente de sentido y significado. Aprendió a pulsar la tecla que borraba cada acceso al pasado, a dejar de preguntar. Comenzó poco a poco a hacerse cada vez más amiga de la indeferencia hasta que el futuro ocupó mucho más espacio que la nostalgia. Un día más, una mañana más, un camino más sin pensar en círculo. Dejó de buscar colinas a las que escapar.

También tiene perfectamente nítido el día en el que ya no necesitó luchar más contra su cerebro. Más de noche que de día, con más vino que de costumbre, con más humo en la cabeza. Con los de siempre, esos que habían estado ahí desde las primeras colinas. Una calada más, un sorbo más. Ellos, con sus manos, que siempre habían estado agarrando su muñeca: detrás de cada árbol todavía se puede oler su perfume de consuelo. Y fue consciente de que cada uno elige sus propias colinas.

 

Al.

Algunas veces las personas se ven unidas por elementos que posteriormente marcarán su vida, sin que nunca hubiesen llegado a imaginar la importancia de lo que en ese momento estaba ocurriendo. A nosotros nos unieron el deporte y la radio en un curso que ahora nos parece lejano. A ti el deporte te marcaría los siguientes años de tu vida. Harías que las caras de orgullo de todos los que te quieren se sentasen una tarde de julio en una iglesia compostelana. A mí la radio me marcó el camino, y tú dibujaste parte del trazado. Nuestros caminos, siempre paralelos, se han ido adornando con fiestas, conversaciones, locuciones y té, mucho té. Pero todo eso que forma nuestros recuerdos juntos no es lo más importante de nuestra unión. Dan igual las hogueras, las nubes de gominola, los pellizcos. Dan igual las llamadas de horas, los bocadillos a las cinco, los buses de la estación. Dan igual las visitas a Ferrol, las idas y venidas a Santiago, los encuentros en Madrid. Sólo son acciones. Lo que importa es lo que reside detrás de cada una de ellas. Importan las palabras con las que damos la clave para entendernos, importan las miradas que resumen el pensamiento del otro. La complicidad de los momentos.

Las acciones marcan el camino, pero esa pieza de madera que delimita cada paseo marítimo, esa pieza fuerte y resistente, sólo se consigue con las charlas que acompañan cada paseo.

Al.