Espalda

Poco a poco un nuevo paso, un nuevo despertar. La derrota seguía concebida como una alegoría de rencores, remordimientos, de vueltas en bucle. Al fin y al cabo, nadie aceptaba el verbo “perder” como compañero. Y todos pretendían cubrir su escasez con muchos sorbos y lamentos cargados con nada, culminando el sinsentido de quien no escribe objetivos sin tacharlos previamente. El esfuerzo se diluía en un conjunto perdido por el afán de destacar vilmente, sin capacidad de generar a su alrededor más que sonrisas enlatadas y felicitaciones carentes de realidad. Predominaban las maneras de matar al pequeño rencor que se quería asomar desde el interior, en lugar de rebuscar aquello que una vez les había impulsado a apagar todas las alarmas.

Se rodeaba de quien significaba un auténtico antónimo de todo lo anterior. De aquellos que tecleaban sin cesar en los libros que marcan con tinta invisible los sueños rotos, pero que graban resistentemente los intentos que quedan por venir. Envíos de correos, notas a pie. Nunca la insistencia supo tan bien como la sienten los que se saben merecedores de ella. Aquellos que eran capaces de ponerse frente a frente con sus días más vacíos y, así, emprender una guerra contra las negativas. Nada más sencillo que frenar las ganas con la excusa de varios rechazos.

Jugaba su peculiar partido, cara a cara con un balón que pocas veces lanza al azar. Determinación como escudo: espalda con espalda.

 

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Ámame

Ámame

Ámame más

Ojalá poder escribir un todavía

Cada minuto

Más dentro

Más profundo

Pulso rápido en la muñeca

Permítete amarme

Permíteme regalarte fines de semana

Sin límites del pasado

Ámame más allá de los demás

Atrás las críticas

Déjate conocerme

Recuerda cada paso

Hasta aquí

Azaroso

Ámame más

Más azul

Más lunares

Más intenso

Más mío

Deja de temer amarme

Pensaba en ti

Pensaba en ti

con tus idas y venidas

tus dudas sin plantear

parecido a las mareas

calculando momentos.

 

Pensaba en ti como un vaivén continuo

perdido en el arte de la incertidumbre

afinando las cuerdas de cada palabra.

Días risueños perdidos entre hastío

desfigurados con sombras

mensajes vacíos

y monolísabos con punto sin final.

 

Quizás eso era lo mejor

no saber qué había detrás

un acertijo envuelto en ternura

un guiño de ojo

un cóctel acabado

la magia que había en ti

residía en lo que no se podía entender.

 

Pensaba en ti

mareada con las olas

en un barco hacia no sabía dónde

pero sin billete de vuelta

hacia ti, desde mi azul.

Salvedades

Personas sin rumbo, sin guía. Dirección perdida bajo el camino a ninguna parte. Sin planes, sin inquietudes. La calma vacía de la nada, con el paso de tiempo poniendo el compás a los días, con la energía más apagada que nunca. Sin haber sabido nunca qué punto cardinal les incitaba a apagar la alarma del despertador, a abrir cada libro, a no tocar cada uno de los botones que jugaban al despiste.

Nunca había conseguido entender a los que se guían por un reloj completamente a deshora. Ella, siempre con sus planes, como le habían recriminado tantas veces. Con futuros mucho más posteriores a lo que vendría después, con la mirada más allá, con opciones alfabéticamente ordenadas. Con meses de septiembre, con formularios, con listas que llevaban su nombre. Hasta aquí. Hasta el momento en el que la inmediatez hacía que chocase contra su miedo más profundo: el vacío. El temor ante la desconexión con lo que llevaba haciendo tantos años, el despego de la actividad frenética, el vacío de la agenda sin tachones a boli. Ahora, ¿qué? No sabe si era más su desconcierto interior, o la irremediable carga de lo que los demás esperaban. Algunas veces, la decepción a uno mismo empieza por no superar las expectativas que los demás han preestablecido.

Salvedades de los que no sabían hacia dónde girar. Razones que ni ellos mismos entendían para intentar convencer al otro. Excusas que funcionaban como jarabe de su propia mediocridad, con las que buscaban la complicidad del que se situaba en un punto con el que ellos ni soñaban alcanzar. Entendía así la vida, con dos tipos de personas: los que usan las salvedades, y los que temen enfrentarse a ellas.

Así

Seguíamos igual

En un punto con continuación

Moviéndonos

Hojas con brisa

Y silencio

 

Éramos tierra volátil

Ahora, juntos sin saber

Hablando sin hablar

Cero atrevimiento

Y cien cadenas

 

Así, un día, ágiles

Como la primera vez

Retrocediendo sin querer

Imbéciles

Lúgubres como el miedo

 

Pensando que te quería

Imaginándote

Ideando planes

Adivinando tus pensamientos

Oscuridad cubierta de incertidumbre

 

Yendo al vacío

De lo que no es

Verde esperanza

Por lo que quizás

Algún día será

Colinas

Recuerda ahora todas las veces que paseaba buscando las verdes colinas. No sabía si intentaba vaciar su interior al mismo tiempo que descargaba energía, o si sólo intentaba desechar a cada paso un nuevo e incómodo pensamiento. Caminaba todas las mañanas con ideas que circulaban en bucle: desde el minuto uno hacia el último segundo, no muy alejado del inicio de la cuenta. Había lamentado todas las noches su estado, y su mayor temor era que veía la salida demasiado lejana. Quizás, incluso, en ese momento no se planteaba la existencia de una salida. O imaginaba una ventana temerosamente imperfecta. Buscaba las verdes colinas para sentarse y poder sufrir en silencio, sin miradas y sólo en compañía del viento del invierno acompasando sus suspiros.

Recuerda exactamente el momento en el que todo cambió. Fue durante una tarde de invierno y estudio en la que decidió poner una barrera al recuerdo. Aprendió a pensar en lo que realmente quería, sin que nadie tuviese el derecho a invadir sus pensamientos. Pasó los días con el esfuerzo de renunciar a las palabras que una vez le habían conmovido, pero que desde hacía varios meses sólo eran un taladro constante carente de sentido y significado. Aprendió a pulsar la tecla que borraba cada acceso al pasado, a dejar de preguntar. Comenzó poco a poco a hacerse cada vez más amiga de la indeferencia hasta que el futuro ocupó mucho más espacio que la nostalgia. Un día más, una mañana más, un camino más sin pensar en círculo. Dejó de buscar colinas a las que escapar.

También tiene perfectamente nítido el día en el que ya no necesitó luchar más contra su cerebro. Más de noche que de día, con más vino que de costumbre, con más humo en la cabeza. Con los de siempre, esos que habían estado ahí desde las primeras colinas. Una calada más, un sorbo más. Ellos, con sus manos, que siempre habían estado agarrando su muñeca: detrás de cada árbol todavía se puede oler su perfume de consuelo. Y fue consciente de que cada uno elige sus propias colinas.

 

Al.

Algunas veces las personas se ven unidas por elementos que posteriormente marcarán su vida, sin que nunca hubiesen llegado a imaginar la importancia de lo que en ese momento estaba ocurriendo. A nosotros nos unieron el deporte y la radio en un curso que ahora nos parece lejano. A ti el deporte te marcaría los siguientes años de tu vida. Harías que las caras de orgullo de todos los que te quieren se sentasen una tarde de julio en una iglesia compostelana. A mí la radio me marcó el camino, y tú dibujaste parte del trazado. Nuestros caminos, siempre paralelos, se han ido adornando con fiestas, conversaciones, locuciones y té, mucho té. Pero todo eso que forma nuestros recuerdos juntos no es lo más importante de nuestra unión. Dan igual las hogueras, las nubes de gominola, los pellizcos. Dan igual las llamadas de horas, los bocadillos a las cinco, los buses de la estación. Dan igual las visitas a Ferrol, las idas y venidas a Santiago, los encuentros en Madrid. Sólo son acciones. Lo que importa es lo que reside detrás de cada una de ellas. Importan las palabras con las que damos la clave para entendernos, importan las miradas que resumen el pensamiento del otro. La complicidad de los momentos.

Las acciones marcan el camino, pero esa pieza de madera que delimita cada paseo marítimo, esa pieza fuerte y resistente, sólo se consigue con las charlas que acompañan cada paseo.

Al.

Breves (III): Día 1, era Trump

Cada mañana sale el sol en los distintos puntos de la tierra. La comida, las relaciones personales, la salud, los recursos, el amor. Preocupaciones reales de un mundo dividido por fronteras y diferencias horarias. Desde las tribus de los tuareg hasta los campamentos de refugiados; los grandes edificios y las casas de campo. Mientras, el eurocentrismo, la civilización occidental, en primera línea. Estados Unidos y la Europa moderna unidos en amalgama perfecta. Al lado de la unión, en cada barrio, calle, camino o trozo de tierra protegido con la vida y la historia, el sol sigue brillando en cada amanecer. Y esto nunca será arrebatado por la sombra de los muros.

Breves (II)

Algunos partidos son eternos. Se juegan contra un contrincante demasiado grande. Un rival que tiene todo el terreno de juego y el cien por cien de posesión. Que concentra los aplausos, los minutos en las pantallas. Hay partidos en los que no se lucha contra nadie. Se pelea por poder jugarlos. Equipos, deportes, jugadores… elementos que conviven con un poderoso adversario y un gran camino: ganar para ser reconocidos. Medios de comunicación sin interés en ellos. Un mes cada cuatro años de atención… y muchos meses más en el banquillo.

Xogo de cores

Moitas veces a vida é como un xogo de cores. Non sabes moi ben onde dirixirte, tampouco está moi claro que traxecto fixo que, irremediablemente, agora respires o aire dun determinado lugar. Pasa o tempo e as casualidades levan a que sempre queiras volver ao mesmo punto. Ao lugar onde ese azul é máis azul, as árbores máis verdes e a escuridade máis familiar que en ningures. Existen cidades tan recoñecibles como forte é o recordo de quen as viviu e quere revivilas. O outono é todo iso. A mestura de cores, as sombras familiares, o regreso. O outono remata coa esperanza do abrazo de benvida, esa mesma ilusión que sobreviviu dende setembro na morriña de quen está lonxe. As cores de Compostela son como un anuncio de Nadal. Son todas esas imaxes que pasaron pola cabeza nas noites máis solitarias, en forma de pequena fotografía gardada na memoria da infancia. Se estabas fóra e, con este peche do outono, volves igual que fai o inverno: dámosche moitos parabéns. Entras, de novo, no xogo de cores da túa vida.

Publicado en Compostimes.